Gallardón, dimisión
OcioCrítico.com - 05 de julio de 2005
 
Se le conoce como el 'rey del hormigón', como el alcalde que ha conseguido hacer de Madrid una ciudad inhóspita, inhabitable, en guerra permanente consigo misma, peligrosamente cabreada, al borde de la rebelión socio-fiscal y, por si fuera poco, endeudada para tres décadas. Un regidor que juega con el dinero ajeno como si administrara una satrapía; un alcalde gafe que flor que toca la deshoja.

Toda su apuesta estaba en organizar los Juegos Olímpicos para el año 2012. Su carrera de cemento con tintes arboricidas, emprendida al alimón con su amigo Florentino -el de los 'galácticos' venidos a menos- y otros ¿podía haber tenido otro epitafio que el que presumiblemente va a tener: la pérdida del Gobierno en las elecciones de 2007 si no dimite antes, aunque sea por vergüenza torera? Podía, porque de haber ganado la candidatura olímpica de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón podría haber intentado, por lo menos, inyectarnos 'dormitina', es decir, de inocularnos litros y litros de tranquilizantes, colocarnos una tupida -y estúpida- venda en los ojos para no ver lo miserable que ha convertido esta ciudad en sólo dos años de mal gobierno.

Que nadie se confunda: el perder 'Madrid 2012' no es culpa de nadie y hemos perdido todos los madrileños, pero Ruiz-Gallardón ha perdido más, porque se ha quedado sin la gran coartada para justificar su vasta generosidad con las constructoras y con las contratas, su insoportable nivel de endeudamiento.

En el fondo, y parafraseando a Sófocles, las naturalezas como las de Ruiz-Gallardón son, con toda la razón, dolorosas de soportar hasta para los que las tienen. Soberbio y engreído, el personaje se las trae. De 'repelente niño Vicente' ha pasado a ser 'simplemente Gallardín', el alcalde que, con tanto consorcio excavador -habrá, y haylos, quien se frota las manos-, va a convertir Madrid en una ciudad tan pobre, tan pobre, tan pobre y tan endeuda, que hasta el arco iris va a salir dentro de poco en blanco y negro.

Cuentas cantan, aunque en este Ayuntamiento madrileño nadie cierra capítulos contables; no, al menos, en cómputo global de niveles de gasto en obras. Los tramos adjudicados hasta ahora para el faraónico enterramiento de la M-30 superan ya los 2.450 millones de euros, casi tanto como costó el AVE Madrid-Sevilla, pero quedan muchos tramos por adjudicar, tantos que se calcula que entre capital e intereses el lujo de 'enterrar el atasco' -que sólo sirve para eso la keopsiana obra- nos va a costar la friolera de 6.000 millones de euros, es decir, de un billón de pesetas que pagaremos los madrileños a escote, como buenos y mal avenidos vecinos.

Y suma y sigue. No están cuantificados completamente los 'equipamientos olímpicos', no conocemos aún el gasto total en el túnel de O'Donnell, ni lo que nos va costar en su conjunto el siguiente tramo de enterramiento del túnel de Santa María de la Cabeza -qué gracia para la vecindad que esa prolongación no se hiciera cuando se construyó el túnel y que ahora haya que sufrir más gasto y más mal vivir para decenas de millares de madrileños-. Y así casi hasta el infinito, porque Madrid es una ciudad con tantas obras y tantas trincheras abiertas que supera a la Bagdad que esperaba los bombardeos norteamericanos.

La deuda del Ayuntamiento de Madrid con este alcalde gafe supera el 160 % del presupuesto municipal y va in crescendo, cuando el Estado fija un tope máximo de los non plus ultra del 115 %. ¿A dónde irá Gallardín? De momento, al Ministerio de Economía, porque el vicepresidente segundo del Gobierno, Pedro Solbes, acaricia el teléfono para citarle a una reunión no precisamente amigable. Le quiere imponer un 'plan de estabilidad' en tres años para reducir considerablemente ese endeudamiento. Lo que no sabe nadie, ni en el Ministerio ni mucho menos los 'cerebrines' del Ayuntamiento -¿dimitirá también Manuel Cobo, ese gran presidente que no fue del PP de Madrid?- es cómo rebajar esa deuda con tantos sueños asesina-árboles.

En su poema "Los que roban la carne de la mesa" escribió Bertolt Brecht: "Los que llevan la nación al abismo/ afirman que gobernar es demasiado difícil/ para el hombre sencillo". Si creemos, como Samuel Jonson, que las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, esperemos que las caenas del Madrid impuesto por Gallardón no lleguen a ser demasiado fuertes para que no podamos romperlas.

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