El hedor de la corrución
Levante-EMV.com (Comunidad Valenciana) - 17 de abril de 2006
 
Para los que empiezan a hacer pinitos en la cata de vinos, los enólogos les enseñan a educar la pituitaria para percibir las riquezas aromáticas de los caldos. Así pues, por extensión simbólica, una cierta pedagogía del olfato nos es útil también para detectar olores agradables y desagradables de la realidad. En esta línea, posiblemente, estamos habituados a sospechar de un cierto nivel de corrupción existente. Pero más allá de ese umbral, por supuesto intolerable, aparece el hedor insoportable de la putrefacción. Por supuesto, en todos los colectivos hay gente absolutamente honrada y coherente, y gentuza que denigra la profesión. Ahora bien: ¿cuál es el porcentaje de políticos corruptos?, ¿cuántos millones se embolsan esos indeseables? Estas preguntas resuenan con preocupación en los oídos de muchos ciudadanos/as. El deseo es que disminuyan las cifras que se plantean en ambas cuestiones. Pero, al mismo tiempo, que se apliquen las penas más severas posibles a esos cutres cuatreros que amasan fortunas con el dinero de todos. Erradicarles de los bancos de los gobiernos y sillones municipales tiene que ser un objetivo prioritario para la sanidad del sistema democrático.

También es cierto que los políticos son, en cierto modo, muy vulnerables. Las refriegas internas y externas de los partidos llevan a que, en ocasiones, paguen justos por pecadores, ya que pueden ser acusados injustamente de hechos no cometidos. Sin embargo, esta grave agresión a la honorabilidad les debe, espontáneamente, llevar a la dimisión -si eso es así- para defenderse como cualquier ciudadano/a. De entrada, ampararse en privilegios y prebendas es un mal signo. Para un político, el regreso a su puesto, si se lo permiten y lo desea, desde la inocencia demostrada debería ser una prueba de coraje político. Pero esto escasea...

En el contexto actual de España y de la Comunidad Valenciana -dejando de lado el evidente oportunismo político y la manipulación del tema- se percibe un fuerte olor ácido a degradación política a causa de algunos casos notorios. A este respecto, el gran filósofo Max Weber nos puede ofrecer algunas pistas de reflexión. De su obra El político y el científico comentaremos un texto, que forma parte de una conferencia pronunciada por el autor, en 1919, en la Universidad de Munich: «Hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive "para" la política o se vive "de" la política. Quien vive "para" la política hace de ello su vida... alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida... en este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo. La diferencia entre el vivir "para" y el vivir "de" se sitúa, pues, en un nivel mucho más grosero, en un nivel económico: vive "de" la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos, vive "para" la política quien no se encuentra en este caso.» Weber claramente alerta de la tentación y peligro que supone vivir «de» la política como «fuente duradera de ingresos». Podemos incluir, también, el legítimo salario, pero no sólo eso. Los términos utilizados nos abren a la interpretación de algo más. Posiblemente, sus palabras eran una constatación de la corrupción existente entre los políticos en su contexto histórico.

La explosión de Marbella, y algunos casos latentes en nuestra Comunidad, nos lleva a denunciar esa lacra del sistema democrático. Los jueces, en su momento, dirán lo que consideren más justo en cada caso particular. Pero no podemos olvidar que se trata también de una cuestión de ética social y política. Por eso, en la medida que la actividad política de algún cargo público se encuentra bajo razonables y fundadas sospechas de corrupción, si no dimite voluntariamente, se le debería obligar a hacerlo. Y si el que tiene que tomar esta desagradable decisión no lo hace, automáticamente se convierte en cómplice y encubridor. No es de recibo que determinados personajes, cuyas tropelías son vox populi, lastren la hermosa tarea al servicio del bien común que otros realizan. Lamentablemente, el mal olor singular se percibe más que el bueno universal. La tradición de dimitir, en ambos sentidos de la palabra, para defenderse, si realmente se tiene conciencia de inocente, no abunda en nuestras tierras. Por eso, el esconderse detrás del sillón, generalmente, clama sospecha.

Esperemos que en nuestra Comunitat Valenciana, a quienes les corresponda, se muevan para iniciar una auténtica cruzada contra la corrupción. Ésta es un pagaré electoralmente peligroso. Pero la razón fundamental tiene que ser por sanidad. Todo el cuerpo social, no sólo el político, se resiente si no se combate ese cáncer. La actividad política necesita revalorizarse, y sólo será creíble si se aparta de esa profesión a los indeseables que viven «de» la política. Es decir, a los corruptos. Los nombres de aquí son de sobras conocidos.

JOSÉ LUIS FERRANDO LADA - PROFESOR EN LA UNED

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